3.7.
Ciudadanía moderna y nacionalidad
El nuevo continente tras la caída de Roma encontró en la ciudad la base para recrear y
desarrollar el concepto de ciudadanía, mediante un fuerte impulso mercantil, y con
relativa igualdad entre quienes disfrutaban de dicho estatuto. Existía en el feudalismo un
deber de lealtad del súbdito a su señor, y, a su vez, un estatuto de ciudadanía excepcional
en las urbes que exigía deberes para con los demás ciudadanos y la administración local,
pero que también incluía prerrogativas. Aunque dicho estatuto no estuviera ligado a un
lugar de nacimiento, sí lo estaba a un territorio, la ciudad.
Más tarde, otro lugar reemplazaría a la ciudad, y al poder local soberano, dejando atrás la
relación de lealtad tradicional fortalecida por el sistema feudal europeo. Con la aparición
del Estado moderno y la conceptualización del Estado-nación, nos acercamos a una
incipiente institución de nacionalidad que incorpora nociones recíprocas de lealtad y
protección con respecto a un Estado como ente territorial abstracto que ofrece asistencia
a quienes forman parte de su unidad político-administrativa. La nacionalidad reemplaza
el sistema tradicional de señor y súbdito. No se trata ya de una relación de alianza, sino
de un estatuto jurídico que recoge derechos y obligaciones mutuas con respecto a la
entidad política que cumple los requisitos para su existencia como Estado soberano; así,
la nacionalidad extiende un estatuto similar al de la ciudadanía a todas las personas a
quienes el Estado reconoce como miembros de su comunidad.
La transición hacia este nuevo Estado moderno fue posible por: (1) la delimitación e
identificación territorial mediante fronteras precisas; (2) el ejercicio de un poder
centralizado en dichos territorios mediante instituciones que lo garantizaban; y (3) el
surgimiento de un sentimiento de que los habitantes de esos territorios formaban parte de
una comunidad. Dos acontecimientos históricos entre los siglos XIV y XVII favorecieron
la creación de Estados con territorios delimitados sobre los que ejercían soberanía, y
cuyos habitantes comenzaban a desarrollar una sensación de identidad común por
pertenencia a una nueva entidad abstracta: la Guerra de los Cien Años (1337-1453), que
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